El 14 de julio se publicó el índice de precios al consumidor de junio en Estados Unidos y el resultado fue mejor de lo esperado: una caída de 0,4% en el mes, la mayor en más de seis años, que llevó la inflación anual de 4,2% a 3,5%. Los titulares hablaron de un punto de inflexión. Vale detenerse en el detalle que casi ninguno mencionó: prácticamente toda esa mejora vino de la energía, con la gasolina cayendo cerca de 10%.
Dos días después, ese supuesto quedó sin base. Estados Unidos completó su undécima ronda consecutiva de ataques contra Irán, y el secretario de Estado Marco Rubio declaró que Irán no está tomando en serio las negociaciones. El Brent cerró el miércoles en US$ 94,07, su nivel más alto en más de un mes, después de superar brevemente los US$ 95 durante la jornada.
El mercado de bonos entendió la implicación antes que el mercado accionario. El rendimiento del Tesoro a 10 años subió a 4,557%, el de 30 años a 5,085% y la hipoteca estadounidense a 30 años alcanzó 6,55%, su nivel más alto en casi un año. Es decir: los inversionistas ya están descontando que el alivio de inflación de junio no se va a repetir en julio.
La semana próxima se reúne la Reserva Federal. Conviene recordar quién la preside: Kevin Warsh, el primer presidente de la Fed desde 2012 que se negó a entregar su propia proyección de tasas. De los dieciocho miembros que sí la entregaron, nueve proyectaron al menos un aumento este año, ocho proyectaron estabilidad y uno proyectó un recorte. El comité está dividido exactamente por la mitad, y su presidente ha decidido no desempatar en público.
Primero los hechos. El índice de semiconductores de Filadelfia acumula una caída de 20% desde su récord de junio, que es la definición técnica de mercado bajista. Fue la peor semana del grupo desde abril de 2025. El efecto se propagó por todo el mundo: SK Hynix cerró 11% abajo, Kioxia cayó más de 14%, SoftBank 9,2%, Tokyo Electron 9% y Advantest 9,4%.
El detonante fue el anuncio de Moonshot AI, una empresa emergente china que presentó un modelo que, según afirma, reduce la distancia con las mejores alternativas estadounidenses. Es el mismo tipo de sorpresa que ya había ocurrido antes con otra compañía china, y sin embargo el mercado reaccionó como si fuera inconcebible. Eso, por sí solo, dice algo sobre las expectativas que estaban incorporadas en los precios.
A eso se sumaron señales incómodas desde el propio sector. TSMC reportó un trimestre mejor de lo esperado y su acción igualmente cayó, porque junto con los resultados elevó su previsión de gasto de capital. La china CXMT anunció una salida a bolsa de US$ 8.500 millones en memoria. El gobierno estadounidense volvió a discutir restricciones a la exportación de memoria de alto ancho de banda. Y el miércoles después del cierre, Alphabet cayó cerca de 5% en operaciones fuera de horario al elevar su proyección de inversión de capital — pese a reportar ingresos de nube por encima de lo esperado.
La pieza más reveladora vino del New York Times: Meta está negociando alquilar capacidad de cómputo a Anthropic, en un acuerdo que podría alcanzar los US$ 10.000 millones. Conviene leerlo dos veces. La empresa que anunció uno de los mayores planes de inversión en infraestructura de inteligencia artificial del mundo está ofreciendo esa infraestructura a terceros.
¿Es una burbuja? Esa palabra genera más calor que luz. Lo que los datos de esta semana sí muestran, con bastante claridad, es algo más específico: la capacidad instalada creció más rápido que la demanda que la justificaba. No es un juicio moral sobre la tecnología — la inteligencia artificial es real y su utilidad también. Es una observación sobre el calendario: se construyó primero y se buscaron clientes después. Históricamente, esa secuencia termina con una corrección de precios en los proveedores de infraestructura, no con el fin de la tecnología.
La sabiduría convencional dice que un conflicto militar fortalece al dólar y castiga a los mercados emergentes. Esta semana no ocurrió así, y entender por qué es más útil que memorizar la regla. Sigue el hilo:
El carry trade es una de las operaciones más simples del mercado global y también una de las más subestimadas: consiste en tomar dinero prestado donde las tasas son bajas e invertirlo donde las tasas son altas, quedándose con la diferencia. Un fondo internacional se financia en dólares al 3,50–3,75% anual, convierte esos dólares a una moneda latinoamericana con tasas de dos dígitos, invierte allí y captura el diferencial.
Esto explica la aparente contradicción de esta semana. Mientras Estados Unidos bombardeaba Irán y el petróleo subía a US$ 94 — un escenario que en teoría debería fortalecer al dólar —, varias monedas de la región se mantuvieron firmes o se apreciaron. No fue optimismo sobre las economías locales. Fue aritmética de tasas.
Ahora el punto que rara vez aparece en la comunicación de las entidades financieras: el carry trade funciona bien hasta el día en que deja de funcionar, y ese día suele ser uno solo. La ganancia llega poco a poco, mes a mes, casi imperceptible. La pérdida llega de golpe, cuando muchos participantes deciden deshacer la posición en la misma jornada y el tipo de cambio se mueve varios puntos porcentuales en horas. En la industria se describe como recoger monedas frente a una aplanadora.
Para el inversionista individual la conclusión no es evitar la moneda local ni correr a comprar dólares. Es más matizada: una moneda fuerte sostenida por diferencial de tasas es una moneda fuerte prestada. Está allí mientras la Fed permanezca quieta y el banco central local mantenga tasas altas. Cuando alguno de los dos lados se mueve, el nivel actual pasa a ser historia.