El martes, el S&P 500 y el Dow marcaron nuevos máximos históricos, impulsados por resultados corporativos sólidos, el ciclo de inteligencia artificial y el optimismo por la reapertura del Estrecho de Ormuz. Lo llamativo es lo que ocurrió en paralelo: el oro saltó 4% en una sola jornada —su mayor alza diaria en medio año— y el dólar cayó a mínimos de seis semanas. Cuando el activo refugio por excelencia sube al mismo tiempo que la renta variable, algo se está cubriendo por debajo.
El miércoles moderó el entusiasmo. El reporte de empleo privado (ADP) de julio mostró apenas 44.000 puestos, muy por debajo de los ~65.000 esperados y de los 95.000 de junio. La lectura, sin embargo, no asustó al mercado: empleo más débil significa menos presión para que la Reserva Federal suba tasas.
Detrás de todo está el petróleo. En julio, el crudo se había disparado hasta cerca de US$ 87 por temores en Ormuz, llevando las apuestas de una subida de tasas en septiembre por encima del 80%. Esta semana revirtió con fuerza hacia US$ 79 ante la expectativa de un acuerdo de reapertura. Ese giro, sumado al empleo débil, cambió el humor por completo.
SpaceX presentó su primer balance trimestral como empresa cotizada, y la reacción fue inmediata: la acción cayó 13,6% el miércoles. ¿El motivo? El gasto de capital (capex) se multiplicó por seis, hasta US$ 18.400 millones en un solo trimestre, buena parte destinada a infraestructura de inteligencia artificial. La "empresa de cohetes" es también, hoy, una gran inversora en centros de datos de IA.
A eso se suma un factor técnico relevante: el vencimiento del período de bloqueo (lock-up) este jueves, que habilita a empleados e inversores tempranos a vender hasta un 20% de las acciones bloqueadas —cerca de 911 millones de títulos. Una acción a la baja combinada con una oleada potencial de ventas suele añadir presión en el corto plazo.
El caso trasciende a SpaceX. SK Hynix elevó su capex en 50% y el inversor Michael Burry —conocido por anticipar la crisis de 2008— tomó posiciones contra Nvidia, Palantir y Micron, advirtiendo sobre una posible corrección severa. El mercado sigue enamorado de la IA, pero empieza a cuestionar a quienes financian esa infraestructura con inversiones colosales.
Que el oro marque récord al mismo tiempo que la bolsa no es casualidad: es el mercado comprando la fiesta y el paraguas a la vez. Sigue el hilo de cómo ese movimiento aterriza en América Latina:
Un "melt-up" es lo opuesto a un desplome (meltdown). En el desplome, todos venden porque todos venden y el mercado se derrite a la baja. En el melt-up, todos compran porque todos compran: el precio se derrite hacia arriba, empujado más por el miedo a quedarse afuera (FOMO) que por los fundamentos. Nadie quiere ser el único que no participó de la subida.
¿La señal clásica? Récords consecutivos sostenidos por unas pocas acciones gigantes, mientras los datos de fondo —empleo, ganancias, gasto de capital— empiezan a mostrar señales amarillas. Esta semana estuvo todo: máximos en el S&P y el Dow, un Nasdaq subiendo casi 8% en cinco jornadas y, curiosamente, el "índice del miedo" (VIX) subiendo junto con la bolsa, algo poco habitual que suele aparecer cerca de los techos de mercado.
Un melt-up no es malo por definición: genera ganancias reales mientras dura. El problema es que nadie toca una campana avisando que terminó. Eso se descubre después, revisando la cuenta.